Por: José Alfredo Ciccone
TIJUANA BC 26 DE AGOSTO DE 2026.- “La palabra hablada y guiada por las miradas, en un contacto personal y directo, seguirá representando la energía poderosa y profunda en la comunicación humana, marcando distancia apropiada del lenguaje frío, medido e impersonal que nos imponen las pantallas táctiles”.
Cifras poco menos que escalofriantes son las aparecidas hace unas semanas donde un estudio serio y concienzudo -realizado por investigadores en la Universidad de Arizona-, nos demuestra claramente que en la actualidad se utilizan menos palabras para comunicarse entre las personas. En el periodo que va desde el año 2005 y el 2020, que duró el trabajo, las gente disminuyó dramáticamente su comunicación verbal en un 28 por ciento, la diferencia acumulada en estos cuatro lustros es de 330 menos palabras utilizadas al día durante cada año de ese periodo, esto suma unas 120,000 menos al año y millones de vocablos menos durante los 15 años en que duró el sondeo, a este paso imaginemos a nuestra sociedad, en pocos tiempo más, sumida en un silencio de encuentros hablados y consumidas por la comunicación por vía escrita o enfrascadas en mensajes de voces sin contacto visual alguno con sus semejantes; cuidado, es de prestarle mucha atención, porque ya estamos cerca de esa hecatombe inimaginable para la buena convivencia entre pares, si la comparamos apenas con hace diez años atrás.
Alguna vez escribí en este mismo espacio que el silencio es salud y es verdad, pero este tipo de huecos mudos invisibles me inquietan por varias razones, en primer lugar porque el necesario contacto entre humanos acompañado de una plática, mirándonos a los ojos, siempre resulta más gratificante que ‘conversar’ a través de una fría pantalla táctil, que cumple con creces su función de comunicar como aporte tecnológico intermediario e inmediato, aun si se tratara de grupos, pero lejos está de servir como herramienta de acercamiento en una plática franca y privada entre familia o amigos queridos.
En segundo lugar, porque queda latente en este estudio comparativo, -que aunque se haya hecho con público de los Estados Unidos que curiosamente logra propagar sus hábitos rápidamente a nuestros países-, estamos ante la presencia inevitable, pero no necesaria en estos casos, de un fenómeno comunicacional entre humanos que causa preocupación por el distanciamiento físico que este uso provoca en las generaciones actuales en casi todo el mundo y por lo visto en las que siguen. Muchos en aras de la modernidad, empezarán a sacrificar y hasta condenar los encuentros entre personas, tan necesarios para los sentimientos profundos, aquellos que pueden verse a través de los gestos, las emociones y las miradas que hoy aparecen furtivas o refugiadas detrás de un celular o computadora como queriendo evitar esos contactos tan vitales para la proximidad y que además, siempre serán un alimento extra tan indispensables para el cultivo del alma.
¿Nos conformamos entonces y cedemos ante la supuesta modernidad que detrás de unas palabras, éstas no vengan acompañadas de una mirada? No, absolutamente.
Es menester -y obligación- desde la familia, propiciar y fomentar más encuentros donde la conversación cara a cara sea el eje rector o inductor que ejercite la convivencia humana, aun aprovechando las enormes ventajas que nos ofrecen los avances tecnológicos, es decir, emplear esas facilidades que nos brindan esos adelantos, nunca para ser utilizados por ellos. Trabajar la mente en sentido competitivo con el recordatorio fácil que nos ofrece la consulta googleada y poner más esfuerzo de nuestra parte mental recordando que fue el cerebro humano el que creó todo el conjunto de avances y progresos tecnológicos, incluyendo a la inteligencia artificial y no al revés. Cabe recordar que estos elementos tan consultados en el devenir cotidiano, son una especie de almacén memorioso con infinita información que las propias personas se encargaron de brindar para su uso posterior e inmediato. No dejemos, en lo posible, que se robotice el contacto humano, la piel como el órgano más grande de nuestro cuerpo, sigue siendo muy sensible a una mirada directa que transporte luz y palabras.
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