Francia y la profecía de Houellebecq: migración, islamismo y crisis
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Francia y la profecía de Houellebecq: migración, islamismo y crisis

Ciudad de México - miércoles 21 de octubre de 2026 - Hugo Alfredo Hinojosa.
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Por: Hugo Alfredo Hinojosa

CIUDAD DE MÉXICO 21 DE OCTUBRE DE 2026.- Debo iniciar con una cita de Michel Houellebecq: “Me daba cuenta, sin embargo, y desde hacía años, de que el creciente distanciamiento, ya abismal, entre la población y quienes hablaban en su nombre, políticos y periodistas, conduciría necesariamente a algo caótico, violento e imprevisible”. Esto lo leí en su novela “Sumisión”, tan criticada en su momento por ser, supuestamente, irreal. La novela abordaba un mundo posible en el cual el islam conquistaba no solo Europa, sino específicamente Francia, con el apoyo del Partido Socialista. Francia había caído. Quise iniciar con esta cita porque la frase de su novela, publicada el 7 de enero de 2015, el mismo día del atentado contra Charlie Hebdo, engloba el momento no solo de Francia, sino de Europa y de buena parte de nuestro contexto latinoamericano: el distanciamiento entre la población y quienes hablan en su nombre, el gobierno y el periodismo. Me refiero a ese periodismo que anula la crítica misma al formar parte de la ideologización progresista, por lo menos en Occidente, donde la neutralidad ha quedado en el olvido.

La realidad es que hoy Francia es, metafóricamente, un Estado musulmán: no porque los musulmanes sean mayoría, que no lo son, sino porque el islam se ha convertido en el eje sobre el que gira buena parte del debate público, de la escuela a la política, y no lo digo por lo que leo o veo en los medios, sino porque fui testigo de la presencia del mundo musulmán en esa región del Viejo Mundo.

Durante el invierno de 2021 estuve en París por cuestiones laborales y recuerdo que, luego de un largo día, me detuve a tomar un café en los Campos Elíseos. Tras una hora en la que estuve observando el transitar de la masa, me di cuenta de que desfilaban ante mí mujeres y hombres a quienes, por su atuendo y sus costumbres, identifiqué como musulmanes, y cuya presencia arrollaba la de cualquier otro paseante. Más tarde, ya en el hotel, comenté mi asombro y me respondieron que era natural, que así estaba la gran mayoría del país, al tiempo que aludían a la intolerancia de los migrantes árabes o africanos contra los franceses. Mencionaron el atentado contra la revista Charlie Hebdo, el 7 de enero de 2015, por discrepancias ideológicas, sin reparar en que sus autores islamistas habían nacido en París. Aceptaban el destino cuasi trágico hacia el que, a su juicio, los franceses eran conducidos por la migración descontrolada, tolerada hoy por el gobierno de Emmanuel Macron, y antes por mandatarios variopintos, pese al endurecimiento de la ley migratoria de 2024.

Lo que ocurre hoy en Francia tiene, a mi parecer, un punto de origen que se agrava con la migración en masa, pero que se remonta al mandato de François Mitterrand, primer presidente socialista de la Quinta República, entre 1981 y 1995. Su gobierno, sostenido por una coalición de izquierda, fue señalado por corrupción. En sus primeros años aumentó el gasto público y los salarios, lo que provocó inflación, fuga de capitales, la devaluación del franco y un déficit comercial, y a partir de 1983 tuvo que dar un giro hacia los recortes presupuestales. Por ello, una parte de los franceses incluso hoy lo culpa del caos económico que heredaron las administraciones siguientes, de derecha y de izquierda, y de haber instalado en el poder unas tendencias que, con el tiempo y con François Hollande como su último heredero socialista, derivaron en el progresismo descontrolado y victimizado que hoy domina el discurso político y mediático. La chica francesa blanca que intenta detener a los jóvenes durante los disturbios, es el ejemplo de ese progresismo incrédulo del caos que la estupidez ideológica puede generar.

Un artículo de la Comisión Europea, publicado el 24 de octubre de 2025 con el título “France: New and inspiring initiatives, immigration statistics and reports on combating discrimination”, recoge datos de las autoridades francesas sobre migración, acogida de refugiados e integración. Según el instituto de estadística INSEE, en 2023 llegaron a Francia 347,000 inmigrantes, y el 45% provenía de África, mientras que la proporción de origen europeo cayó al 28%. En materia de racismo y xenofobia, el Ministerio del Interior registró en 2024 9,700 delitos o infracciones de carácter racista, xenófobo o antirreligioso, un 10% más que en 2023. El artículo señala también las barreras para la integración de los refugiados afganos, en especial el desempleo y el dominio limitado del francés. A esto se suma que, de acuerdo con la Agencia de Asilo de la Unión Europea, en el primer semestre de 2026 Francia recibió alrededor de 69,000 solicitudes de protección internacional, la cifra más alta de la UE+. Ese dato es el último registrado antes de que entraran en aplicación las nuevas reglas del Pacto.

Hasta aquí, observo dos temas medulares como raíz de los disturbios ocurridos hace unos días en París. La crítica mediática los reduce al ámbito económico, aunque las protestas comenzaron en las aulas: durante cuatro semanas, los estudiantes se movilizaron contra la falta de profesores, los salones saturados y unas instalaciones obsoletas, y a ellos se sumó después el descontento por el costo de vida. El 17 de octubre unas 550 mil personas, según el Ministerio del Interior, salieron a las calles en una jornada que terminó con cerca de 2,000 detenidos en todo el país.

Por una parte, es cierta la caída económica de Francia y, por supuesto, también lo son las reacciones beligerantes de una parte de la población que se siente traicionada por un sistema político que ya no puede sostener los programas sociales que durante décadas fueron la médula de su política. Las cifras lo confirman: la deuda pública cerró 2025 en 115.7% del PIB y el Ministerio de Economía prevé que alcance 119.3% en 2026, el nivel más alto desde 1995, con un déficit de 5.4%, casi el doble del límite europeo. Para 2027, el gobierno de Sébastien Lecornu anunció ajustes y recortes por 54 mil millones de euros. Es decir, el Estado de bienestar que durante décadas definió a Francia se está contrayendo. El sueño de bienestar que el socialismo convirtió en bandera, y que ningún gobierno posterior se atrevió a financiar ni a desmontar, al parecer fracasó.

Por otro lado, a mi juicio, la migración masiva de las últimas dos décadas ha modificado la capacidad del país para sostener ese modelo. Reconozco que el dato no es concluyente: según INSEE, más de la mitad de los inmigrantes adultos llegados en 2023 tenía estudios superiores, lo que contradice la imagen de una migración que solo demanda recursos. El problema, me parece, está en la integración, esto es que un país que no logra posicionarse como potencia en un escenario mundial donde la tecnología cobra cada día más relevancia tampoco ha sabido incorporar a quienes recibe, y es en ese vacío donde el islamismo encontró terreno.

En mayo de 2025, el gobierno de Macron presentó ante su Consejo de Defensa un informe sobre los “Hermanos Musulmanes” y el islamismo político en Francia que advierte de una amenaza a la cohesión nacional: un islamismo que avanza desde abajo, a través de asociaciones, clubes deportivos y municipios. Así pues, Francia está atrapada en una espiral que la tendencia socialista impulsó. Esto es, una política de acogida sin un proyecto de integración, y hoy la presencia islámica, cada vez más visible, está modificando el rostro del país. En este sentido, al tiempo que Francia como concepto de nación se debilita, se transforma en un país que abandona el cristianismo a partir del socialismo y deja el terreno libre para que la vertiente radical de otra religión, el islamismo, extienda sus garras.

El gobierno francés atribuyó la violencia a la extrema izquierda, y es probable que grupos organizados la hayan aprovechado. Pero esa explicación no basta para entender por qué miles de jóvenes salieron a las calles. Aún no hay datos oficiales sobre el perfil de los detenidos. Por otra parte, un informe de las inspecciones de Interior y Justicia encontró que el 78% de los detenidos tenía nacionalidad francesa, y una parte relevante provenía de familias de origen migrante. No se trata, entonces, de extranjeros, sino de franceses de segunda o tercera generación y de otros tantos nativos que comparten un mismo sentimiento: no identificarse con el país en el que viven, amén del caos económico.

De raíz, la educación ha fracasado, primero por un Estado que dejó de invertir en sus aulas y después por el romanticismo de una pluralidad ciudadana que renunció a transmitir una identidad intelectual común. No es casual que la escuela sea hoy el frente más sensible: los profesores Samuel Paty, en 2020, y Dominique Bernard, en 2023, fueron asesinados por islamistas, y el Ministerio de Educación registró 4,280 vulneraciones de la laicidad en las aulas durante el ciclo 2024-2025. Los estudiantes que hoy marchan por falta de profesores y salones dignos son los mismos que crecen en esas escuelas donde se prepara el caos.

Hay una diferencia abismal entre el islam y el islamismo, entre el mundo árabe ideologizado y el mundo árabe que, con su poderío económico, conquista mercados que van del deporte al entretenimiento. Hay que tener clara esa diferencia. Tampoco podemos negar la dimensión religiosa ni encuadrar los conflictos solo en términos económicos. Hablar únicamente de los estudiantes franceses como la parte de la población que padece la caída económica recuerda la advertencia de Aldous Huxley que parafraseo: grande es la verdad, pero más grande aún, en la práctica, es el silencio sobre la verdad. La agenda que subyace es la sumisión de un país mermado en sus estructuras por el islamismo y por la ideología política adoptada por jóvenes que sueñan con un mundo mejor por miedo a confrontar la realidad del esfuerzo sin miedo a la ansiedad de existir.

Lo que hoy veo en Francia, y que por desgracia ocurre también en otros países europeos y en Estados Unidos, es una tendencia hacia un conflicto civil que, tarde o temprano, se venderá como una guerra santa. A mi juicio, el problema no está solo en el islamismo radical, sino en una clase política progresista que anuncia grandes transformaciones sociales sin los recursos para sostenerlas.

En este sentido, son tres los problemas que se enraízan en Francia: el socialismo a ultranza que ha debilitado la economía, la migración sin integración y una religión que, en su vertiente islamista, no necesita derribar la democracia para avanzar, porque le basta con ocupar los espacios que el Estado abandona. El propio informe del gobierno francés reconoce que no hay documentos recientes que prueben un plan para imponer la sharía. La clave está en la paciencia de la “hermandad” que aprovecha cada crisis económica y cada barrio sin Estado. Los estudiantes, en ese sentido, son el pretexto. Esa es, en el fondo, la sumisión que anticipó Houellebecq: no una conquista, sino una renuncia del Estado frente a su gente. 

Hugo Alfredo Hinojosa es filósofo, maestro en comunicación política por la FLACSO y maestrando en IA aplicada por el ITESM. 

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