Columna
Dr. Marco Antonio Samaniego López *
La calidad de nuestra democracia
TIJUANA BC 15 DE ABRIL DE 2016.- En los próximos meses estaremos inundados de promesas, mensajes de que importamos mucho y de que sí se puede. Nos dirán por mensajes en las redes sociales, la radio, la prensa y la televisión que somos la razón de su existir y que están para servirnos.
Algunos anuncios ya han iniciado con trasfondos musicales de esperanza. Ya estamos recibiendo mensajes para ver desde algún punto el amanecer, el atardecer, o a niños jugando apaciblemente en un parque. Desde la campaña de Vicente Fox hace tres lustros, todos buscan dar la idea de que un nuevo día está por llegar.
Incluso, en las filas de partidos que supuestamente no se identifican con la religión católica, ya aparecieron los primeros hincados, recibiendo las palabras de un sacerdote (¿Y el grito de Juárez donde quedó?). Algunos candidatos a diputados, afirman que realizarán obras que corresponden a otras instancias de gobierno, pero se presentan como los gestores.
Son meses de muchas frases que tratarán de ubicarse en el colectivo con el fin de conseguir uno de los principios fundamentales de nuestra sociedad: el voto. A través de este se ejerce la representación del ciudadano, una de las premisas de nuestra modernidad. Es el derecho constitucional de ejercer la representación de la sociedad lo que está en disputa. Un voto, es una práctica de participación y de opinión que es el cimiento de una forma de ser de la sociedad en que vivimos.
El imaginario político se posiciona en un evento que implica marcar con una cruz quien es la persona que representa un colectivo y por tanto su voz, sus opiniones y maneras de conducirse, deben ser congruentes con la confianza que implica que los ciudadanos acudan a las urnas a construir un proceso de representación.
Sin embargo, este proceso ha estado marcado por la obtención del voto a cambio de concesiones de diversa índole. Desde la torta y la soda, la cobija y la camiseta, hasta la permisibilidad de organismos para utilizar el espacio público con diversos fines: taxis, rutas de transporte, mercados sobre ruedas, terrenos, banquetas.
Por ello, las campañas pueden ser observadas también como las formas de negociación que tienen los sectores marginados para obtener bienes y servicios de diverso tipo. Una participación activa, para la foto, para mostrar musculo, en la que aquellos que son vistos por otros como vendedores de voto, lo que hacen es obtener un beneficio directo o indirecto que les permite subsanar carencias. Una práctica que me atrevo a llamar cultural: ya saben que en las campañas serán traslados en calafias o camiones, recibirán comida o algún permiso, con el conocimiento de que acudirán a apoyar un candidato al que no volverán a ver en mucho tiempo.
Los candidatos de los partidos más importantes saben que esos apoyos son condicionados. Que los aplausos, los gritos y los abrazos tienen como contraparte los compromisos que tendrán que cumplir a futuro. Algunos, contrarios a formas elementales de hace política de alto nivel. Sin embargo, es parte del juego con los medios de comunicación, los dirigentes locales y nacionales de los partidos y en cierta medida, su futuro en el ámbito de la política. A final de cuentas, ya hicieron eso mismo para otros candidatos en procesos anteriores.
Por ello, la calidad de la democracia también está en los sectores que asumen el rol activo de participar con las porras, los gritos, las misas y ondear las banderas en las glorietas. Estemos de acuerdo o no, es una forma de expresar una visión de la política.
Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor.
* Marco Antonio Samaniego López. Doctor en historia por el Colegio de México.
Ha publicado más de cuarenta artículos en revistas nacionales, internacionales y capítulos de libros.
Fue director del Instituto de Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California en dos periodos, 1996-1999 y 2007-2011.