REFLEXIÓN DEL DÍA.-
Ceguera y sordera voluntaria
Por: Esteban Capella Ibarra
Uno de los grandes retos de la ciudadanía en México es entender que muchas veces no estamos frente a funcionarios que simplemente no alcanzan a ver los problemas o que, por casualidad, no escucharon nuestras demandas. Existe también algo mucho más preocupante: la posibilidad de una ceguera y una sordera voluntarias. Porque para quien ejerce el poder puede resultar mucho más cómodo observar únicamente aquello que confirma su propio discurso, escuchar solamente las voces que coinciden con su visión y relegar todo aquello que contradiga la narrativa oficial.
Así se construyen realidades artificiales. Se selecciona qué problema merece atención, qué dato debe repetirse, qué reclamo puede ignorarse y qué voz resulta incómoda. Entonces el gobierno puede terminar hablando de un país que muchas veces no coincide con el país que vive la gente en las calles. Mientras desde los discursos se asegura que las cosas avanzan, el ciudadano enfrenta todos los días problemas que no desaparecen simplemente porque alguien decidió no mencionarlos.
Y mientras eso sucede, muchos ciudadanos terminamos afónicos. Reclamamos, denunciamos, publicamos, preguntamos, señalamos y volvemos a señalar. Encendemos todas las luces posibles tratando de iluminar aquello que desde el poder aparentemente no quieren ver: inseguridad, servicios públicos deficientes, falta de oportunidades, problemas de movilidad, abandono de comunidades, corrupción, impunidad y una larga lista de pendientes que forman parte de nuestra realidad cotidiana. Pero llega un momento en que debemos hacernos una pregunta incómoda: ¿realmente no nos ven y no nos escuchan, o simplemente han decidido no hacerlo?
La diferencia es enorme. Porque cuando un gobierno desconoce un problema todavía existe la posibilidad de mostrárselo. Pero cuando decide ignorarlo porque no encaja en su discurso, entonces estamos frente a un problema mucho más profundo: el poder comienza a dialogar consigo mismo. Se escucha a sí mismo, se felicita a sí mismo y termina convencido de una realidad construida desde oficinas, conferencias, estadísticas seleccionadas y discursos repetidos.
Ahí es donde la ciudadanía tiene que modificar su estrategia. Quizá debemos dejar de gastar toda nuestra energía esperando que algún día el poder tenga la voluntad de voltearnos a ver. La esperanza ciudadana no puede depender exclusivamente de la sensibilidad de un funcionario ni de la disposición de un gobierno para escuchar. La democracia tampoco puede reducirse a votar cada cierto número de años y después esperar pacientemente a que alguien resuelva nuestros problemas.
Tenemos que reconstruir ciudadanía desde abajo: organizarnos, participar, cuestionar, documentar, exigir cuentas, involucrarnos en nuestras comunidades y recuperar los espacios públicos de discusión. Las universidades, los colegios de profesionistas, los comerciantes, las organizaciones civiles, los vecinos, los jóvenes y todos los sectores de la sociedad tienen una responsabilidad que va mucho más allá de observar.
Porque quizá el mayor error sería continuar gritando frente a quienes voluntariamente han decidido taparse los oídos.
Si el poder no escucha, la ciudadanía tiene que aprender a escucharse entre sí. Si el poder no quiere ver determinadas realidades, tendremos que hacerlas visibles entre nosotros. Y si quienes gobiernan construyen su propia narrativa, los ciudadanos tenemos la obligación de contrastarla permanentemente con los hechos.
No necesitamos permiso para participar, ni autorización para pensar, cuestionar o señalar. Una sociedad verdaderamente democrática no se construye alrededor de la esperanza de ser escuchada por el poder; se construye cuando los ciudadanos comprenden que ellos mismos representan una fuerza capaz de vigilarlo, cuestionarlo y exigirle resultados.
Frente a la ceguera y la sordera voluntaria, el peor camino sería resignarnos.
Porque cuando el poder decide no escuchar y la ciudadanía decide dejar de hablar, el silencio termina convirtiéndose en el mejor aliado de quienes prefieren gobernar sin ser cuestionados.
Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor