Hugo Alfredo Hinojosa
CIUDAD DE MÉXICO 23 DE SEPTIEMBRE DE 2026.-Conforme pasan los años retomo la tesis de Jean Baudrillard sobre la guerra en el golfo pérsico a principio de los años 90. Ésta nunca ocurrió, declaró él, sino que fue un espectáculo, pienso, que jamás se detuvo. Dicha sensación de espectacularidad a veces aburre y otras veces más divierte. Nosotros, en la mayoría de las ocasiones, somos espectadores del caos calculado de otros más participando tan solo con nuestra existencia. Hacia la segunda mitad del siglo XX John Steinbeck escribió que se alegraba de reportar que en la guerra entre la realidad y el romance, la realidad no es la más fuerte. La frase describe con precisión el estado actual del debate sobre la guerra en el siglo XXI: hablamos de ella con el vocabulario de otra época.
El Índice Global de Paz 2026, publicado el 9 de junio por el Instituto de Economía y Paz, registra que 99 países experimentaron un deterioro en su nivel de “paz” en el último año, la cifra más alta desde que el índice se creó en el 2007. El número de países involucrados en conflictos externos casi se ha duplicado, de 59 en 2008 a 103 en 2026. Las muertes por conflictos globales se mantienen en máximos históricos, con más de 181,000 fallecidos en 2025, un aumento de seis veces desde 2008. El gasto militar mundial alcanzó un récord de 2.9 billones de dólares en 2025. El planeta está en guerra, continua sin posibilidades de encontrar la paz.
La guerra del siglo XXI no tiene frente de batalla en el sentido que el siglo XX estableció, es más parecida a la guerra que predijo Baudrillard. Batallas a la distancia y por control remoto. Los ataques con drones aumentaron más de un 11,500 por ciento entre 2018 y 2025, mientras que la inteligencia artificial ha comprimido los tiempos de selección de objetivos de un día a segundos. Por primera vez en la historia, las máquinas están tomando decisiones de vida o muerte en el campo de batalla más rápido de lo que cualquier ser humano puede revisarlas, y los marcos internacionales destinados a regularlas apenas existen. Un operador en un contenedor climatizado en Nevada puede terminar con una vida en el Sahara. Asesinatos difíciles de clasificar pues son fantasmas.
En Ucrania, más de 2.5 millones de drones fueron producidos en 2025. En solo dos años, el número de empresas fabricantes de drones explotó de seis en 2022 a más de 200 en 2024. Los ataques con drones, por cierto, por parte de fuerzas ucranianas aumentaron más de 127 veces desde los primeros días del conflicto con Rusia. Lo que se aprende en Ucrania hoy lo aplican los ejércitos de inmediato, incluyendo los actores que no tienen ejércitos pero sí tienen acceso al mercado de drones comerciales modificados. La democratización de la capacidad de matar es uno de los fenómenos más subvalorados del siglo.
Así, la economía de la guerra ha cambiado de estructura y esa transformación tiene consecuencias que van más allá del campo de batalla. El impacto económico mundial de la violencia aumentó un 3.2 por ciento hasta los 21.81 billones de dólares en 2025, equivalente al 10.5 por ciento del PIB mundial. Para dimensionar esa cifra: es más del doble del PIB de Alemania. No se gasta en un ejército convencional con divisiones acorazadas y portaaviones, aunque eso también existe. Se gasta hoy en ciberseguridad, en desinformación, en sanciones económicas, en control de cadenas de suministro, en la infraestructura digital que hace posible tanto el comercio como el sabotaje. La guerra contemporánea es cara en su economía porque ocurre en todas partes al mismo tiempo y con instrumentos que no siempre producen imágenes para el noticiario, esos que hoy más que “nunca” se proveen de la falsedad misma del mundo digital. ¿Qué son las noticias hoy?
Por tanto, la dimensión económica de la guerra moderna tiene una característica que sus versiones anteriores no tenían: las sanciones como arma. Lo que Estados Unidos y Europa hicieron con Rusia desde 2022, excluirla del sistema SWIFT, confiscar reservas en divisas, restringir el acceso a semiconductores, fue una forma de guerra que no requirió un solo soldado cruzando una frontera. Tampoco fue limpia ni precisa: las sanciones afectan a las poblaciones civiles de manera que los bombardeos a veces no logran. Pero su eficacia como instrumento de presión, limitada y cuestionable en el caso ruso por la capacidad de Moscú para reorientar su economía hacia China, estableció un precedente que todas las potencias medianas del mundo están estudiando. La conclusión que están extrayendo es que depender del sistema financiero occidental es una vulnerabilidad.
El deterioro de la paz está impulsado por un profundo cambio geopolítico caracterizado por el auge de las potencias medias y el declive de las grandes potencias europeas tradicionales. Las alianzas del siglo XXI son más fluidas, más transaccionales y menos ideológicas que las del siglo XX. India compra petróleo ruso mientras mantiene relaciones estratégicas con Estados Unidos, y Arabia Saudita negocia con China mientras depende de la seguridad estadounidense. Ese tipo de equilibrio múltiple, que los analistas de política exterior llaman multialineamiento, era impensable en la lógica bipolar de la Guerra Fría. Hoy potencia un mundo donde los conflictos son difíciles de aislar y de resolver. ¿Cuáles son los incentivos para poner fin a las guerras?
La proporción de conflictos que resultan en una victoria decisiva cayó del 49 por ciento en los años setenta al 9 por ciento en la década de 2010. Los resueltos mediante acuerdos de paz cayeron del 23 por ciento al 4 por ciento. Esos datos describen un mundo donde las guerras se modulan. Gaza lleva décadas siendo un conflicto que ninguna solución definitiva ha resuelto y que ningún actor tiene suficiente interés en resolver del todo. Ucrania puede convertirse en otro conflicto congelado, como lo fueron los de los Balcanes donde la ausencia de paz formal convive con la ausencia de guerra total.
La belleza de la guerra, pues, que la literatura y el cine del siglo XX cultivaron radicaba en el romanticismo de la causa, del sacrificio, del héroe que muere por algo más grande que sí mismo. Esa estética tenía su lógica en un mundo donde la guerra se peleaba cuerpo a cuerpo o con armas que requerían presencia física en el lugar del daño. El soldado que cargaba un fusil veía el rostro del enemigo. El piloto que bombardeaba sentía la turbulencia del antiaéreo. Esa proximidad producía experiencias que podían narrarse con vocabulario humano, por más terrible que fuera lo que describían. La inteligencia artificial está acelerando esa distancia hasta un punto que ningún marco legal o ético existente ha procesado… ésta no siente… va sobre un objetivo sin importar que éste sea real o mecánico.
El siglo XXI heredó del XX la arquitectura institucional diseñada para contener las guerras entre Estados: la ONU (que me parece inservible), el derecho internacional humanitario y los tribunales internacionales. Esa arquitectura fue construida para un mundo de ejércitos convencionales, declaraciones formales de guerra y fronteras relativamente estables. El mundo está más en guerra que en cualquier momento desde 1945, las guerras son más difíciles de terminar, la tecnología disponible para hacerlas está democratizándose.
El romance de la guerra, la causa justa, el sacrificio noble, el héroe que muere con honor, sigue siendo el lenguaje con que los gobiernos reclutan, los medios narran y las poblaciones procesan lo que ocurre. Es el lenguaje más útil para sostener los conflictos que resulta políticamente conveniente no terminar. La realidad de la guerra es otra: es una industria que produce trauma. Al ver a mi hijo jugar videojuegos, sobre todos los relativos a la violencia, me pregunto: ¿cuánto tiempo tardará para que las interfaces entre un supuesto videojuego y la realidad se conecten con los usuarios? Se lo imaginan, la capacidad de formar parte de una guerra específica desde la comodidad del hogar a través de las plataformas de las grandes empresas tecnológicas. Una guerra de la cual podrías participar y divertirte si pagas. Suena interesante. Estoy seguro que habría usuarios que pagarían.
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Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor.