El Burladero.
Por: Pedro Antonio Espinosa G.
“Entre espejismos y luz de neón
alucinando entre cada vidriera,
de bar en bar por la Revolución,
del Jai-Alai a la Calle Primera”
Rosa, la tacón dorado (Raúl Castillo)
TIJUANA BC 24 AGOSTO DE 2026.- Una de las actividades comunes en Tijuana que, por su misma naturaleza, no pasaría desapercibida es la que realizan las mujeres que ofrecen su tiempo en un espacio íntimo a hombres, digámoslo así y con el debido respeto, eso sí. Ahí están, destacando por número en diversas listas a nivel mundial donde, en varias, sitúan a nuestra querida Tijuana en segundo lugar del ranking a nivel mundial.
Por la peculiar forma como empezó la ciudad, lugar de paso o de exótica visita para los vecinos del norte, la situación siempre estuvo que ni mandada a hacer para su desarrollo en las diferentes etapas que hemos tenido, los espectáculos propios para turistas, el dinero que fluye constante y los locales amantes de la fiesta nocturna siempre han recurrido a este tipo de servicios, lo que trajo consigo que muchas de ellas emigraran de sus lugares de origen o fueran reclutadas ahí mismo para esos fines.
En un caso como este es realmente difícil ver los toros desde la barrera porque, regularmente, su actividad provoca una serie de críticas emanadas desde el desconocimiento, la falta de empatía o una falsa moral que, muchas veces, trata de curar o esconder demonios propios.
Cambiemos la perspectiva.
Aunque en la casa paterna la situación no fuera exactamente precaria, ella llegó a Tijuana en búsqueda de progreso económico personal desde una pequeña población de Sinaloa, una vecina salió del pueblo y, según dijo, acá sobraba el trabajo bien pagado, tanto como para que fuera notorio que a ella le iba demasiado bien, volvía con otra apariencia, las manos llenas de regalos y la repentina prosperidad se notaba en la casa familiar, eso despertó su curiosidad y convenció a su amiga para que la trajera. Solo al llegar se enteró de qué se trataba, pero ya estaba aquí y no le costó mayor esfuerzo aceptar, en los tiempos de su arribo el cuerno de la abundancia aún fluía.
Lo primero que supo es que debía acostumbrarse a tener dos nombres, el que siempre tuvo y otro a estrenar para sus actividades, que estaría sujeto a tiempo y espacio, duraba lo que sus turnos y únicamente en el lugar de su trabajo, escogió Casandra sin saber que a muchos recordaba una figura casi mítica, la de aquella que terminó sus días, ya de avanzada edad, en las calles del centro tratando de vender sus memorias impresas para, se dice, atender a su hijo enfermo, también se cuenta que tenía acceso directo a oficinas de gente pudiente que disfrutaba de lo buena conversadora que era, dejaba en ellas un caudal de historias a cambio de unos dólares que calmaban su apremiante situación, no era difícil de ubicar por su exagerado maquillaje, su actitud sencilla, caminar tranquilo y figura altiva. Una personalidad local que un día simplemente se dejó de ver y, aparte de los comerciantes a costumbrados a su paso, pocos extrañaron.
Pero bueno.
Esta nueva Casandra ha visto pasar la mayor parte de su vida entre paredes de música estridente en un local oscuro a toda hora, tiene mil historias dentro de ella y ha pasado por casi cualquier faceta que el oficio le pueda ofrecer, porque no siempre ha estado en bares, intentó ser “masajista” cuando el término se puso de moda, también su figura la llevó a los table dance aprovechando el repentino éxito de ese rubro y hasta trató de independizarse acudiendo a llamadas telefónicas cuando los anuncios eran muy redituables en las páginas especializadas en el tema.
Pero los masajes tenían una disciplina a la que no estaba acostumbrada, había que ofrecer una apariencia distinta y la peculiaridad de la clientela no era lo que acostumbraba, aunque el fin era el mismo no terminó de adaptarse a la forma. En los “table” tampoco se sintió totalmente bien, la exposición de su cuerpo y los tocamientos constantes rebasaron su nivel de aceptación, aunque fuera a cambio de jugosas propinas, algo de muy dentro le afloraba y le impedía sentirse, ya si no cómoda, al menos tolerante. Los servicios telefónicos siempre estuvieron llenos de bromistas y, algunas veces, de peligros en forma de individuos que pasaban de la amenaza verbal a la agresión física, otros tratando de librarse del pago y hasta con un intento de secuestro tuvo que lidiar. Todo eso la llevaron nuevamente a donde empezó, los bares de la Zona Norte en donde, cuando menos, conocía el terreno y a quienes por sus diferentes trabajos son parte del paisaje.
En este tiempo también creyó en la palabra quien quiso sacarla del ambiente, cayó en el canto de la sirena y salió para descubrir que, al obtener su objetivo, su caballero salvador salió de su vida en búsqueda de un nuevo premio, esa experiencia le dejó un hijo que ahora estaba por entrar a la universidad, al cual, un día, simplemente le preguntó mientras se disponían a desayunar, ¿hijo, sabes a qué me dedico? Si, fue la corta y firme respuesta, el muchacho tenía dieciséis años y el tema nunca se volvió a tocar.
Pero muchas veces nada de eso era comparable a lo que le tocaba pasar en la vida diaria, la constante zozobra a ser reconocida, la incertidumbre antes de dar a conocer su oficio también era una carga, pasó por una negativa a rentarle vivienda y a situaciones como un vecino que constantemente la acosaba en su centro de labores hasta que fue sacado sin contemplaciones de ningún tipo, tampoco faltó el director de la secundaria de su hijo que, al descubrirla ahí, comenzó a tratar a toda costa convertirse en amigo del menor. Una vida en constante estrés que le provocaba una triste sonrisa al escuchar a quienes se referían a su oficio como “la vida fácil”.
Y ahora habían pasado los años, sin llegar a los cuarenta conservaba gran parte de su atractivo gracias a la ausencia de adicciones y al ejercicio físico constante, no pensaba en el pronto retiro, no había opción real al ser lo único a lo que había dedicado su vida la boral, su hijo recién entrado a la universidad la mantenía ahí y ahora, la noticia, algo que no era propio de su centro de trabajo, tampoco solamente de ella, no, todas, había que pagar por trabajar, sí, el famoso cobro de piso llegaba a su actividad y no solamente a ella le afectaba notablemente, más allá del cobro se sentía sola, esto la ponía en una soledad rara, diferente, de alguna forma eligió una vida que la privaría de una compañía más allá de su hijo, pero esto iba más allá, prácticamente no había a quién recurrir, ella y su situación, nada más. Adaptación. Triste pero así era, igualmente que toda su vida ahora le tocaba una nueva fase a la que habría que integrarse.
Dubitativa pensaba, veía a su alrededor, era dueña de su morada, nunca dejó de ayudar a su madre, le daba vueltas al asunto y volvía a contemplar sus posibilidades, mientras, dentro de cierta resignación, se veía parte del paisaje, integrada a la vida e historia tijuanense, aunque muchos no lo aceptaran o no la quisieran, no podía ni quería renunciar, los ahorros no eran muchos y en su pequeña casa solo cabía una pregunta, ¿qué sigue?
Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor