En política y opinión pública: mentir para decir la verdad
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En política y opinión pública: mentir para decir la verdad

Ciudad de México - miércoles 24 de junio de 2026 - Hugo Alfredo Hinojosa.
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Por: Hugo Alfredo Hinojosa
#Historia de la filosofía

CIUDAD DE MÉXICO 24 DE JUNIO DE 2026.-Entendemos, si somos críticos, que navegamos dentro de una trampa que el oficio de la opinión pública raramente se permite nombrar con honestidad: escribimos sobre lo que no conocemos, sobre los acontecimientos políticos y sociales, con la convicción de quien lo vivió de primera mano porque así lo vemos y entendemos. No porque seamos deshonestos en el sentido ordinario del término, no porque mintamos deliberadamente, sino porque operamos sobre supuestos que tomamos por hechos y sobre versiones que el poder ha procesado antes de entregárnoslas.

Opinar sobre política es, en ese sentido, opinar sobre el mayor supuesto de falsedad que existe: construir argumentos sobre una realidad que nunca nos fue entregada completa, que llega siempre mediada y procesada. La verdad de las cosas, de los temas, de las políticas públicas, parte de la información con la que se cuenta. Y esa información no es la verdad: es la versión de la verdad que alguien decidió que mereciéramos recibir. Y escribir sobre esto no es pecar de inocencia sino denunciar, quizá, que hoy más que nunca estamos esa espiral de cara al vacío.

Así, eso no es posverdad, término que el siglo XXI ha popularizado con una imprecisión que le resta utilidad. La posverdad implica que hubo una verdad anterior que fue corrompida. Lo que propongo es más incómodo: ese momento de claridad nunca existió en el ámbito de la política pública. La verdad de las cosas solo la conoce quien la maneja y la manipula desde su raíz. Todos los demás, analistas, columnistas, ciudadanos, formamos interpretaciones a partir de fragmentos que nos fueron cedidos estratégicamente. Con esos fragmentos construimos realidades alternas que no están sujetas a la verdad de las cosas porque esa verdad no nos fue entregada. No es que queramos mentir. Es que generamos nueva información e interpretación desde una falsedad que surge de la información con la que contamos. El resultado es una cadena de supuestos que se presentan como análisis, de conjeturas que circulan como certezas, de narrativas que se consolidan como historia antes de que nadie haya podido verificarlas.

En este sentido, lo que ocurre con las ideas en ese proceso es más grave que la simple distorsión. Las ideas no solo se falsifican al viajar: se vacían. Parten de un núcleo conceptual con sustancia propia, con una carga de significado que en su origen fue precisa y necesaria, y en el tránsito por el ecosistema mediático y político pierden esa sustancia hasta convertirse en cáscaras que conservan la forma pero han perdido el contenido.

Por ejemplo, la democracia es una idea que llegó al lenguaje político cotidiano vaciada de su exigencia deliberativa. La libertad es una idea que el mercado convirtió en sinónimo de consumo sin que nadie registrara el momento exacto en que ocurrió ese despojo. El bienestar, que debería designar una condición material y espiritual concreta, se convierte en México y en el mundo en slogan de campaña permanente que ya no designa nada verificable. Cuando las ideas pierden su sustancia inicial no desaparecen: se transforman en hiperideas, en versiones infladas y vaciadas simultáneamente de sí mismas, que ya no describen la realidad sino que la sustituyen. Lo que es peor aún reaccionamos a las mentiras con indignación.

Dentro de ese sistema, cada uno interpreta la noticia política sobre sus propios intereses y la vende como una verdad que parte desde la falsedad. El analista de izquierda y el de derecha leen los mismos fragmentos y producen realidades incompatibles, ambas igualmente fundadas en supuestos, ambas igualmente convencidas de su propio rigor. No es que uno mienta y el otro diga la verdad: es que ambos construyen sobre materiales que el poder, y no me refiero al gobierno sino a quien posee la información real, procesó antes de entregarlos, y esa arquitectura compartida de la falsedad es exactamente lo que permite que el debate político funcione como espectáculo sin amenazar en ningún momento la estructura real del poder. La discusión permanente entre versiones igualmente infundadas es el mecanismo más eficiente de control que existe: mantiene a todos ocupados en la superficie y a nadie excavando hacia el fondo.

Aquí es donde la pregunta más elemental se vuelve filosóficamente insoportable: qué significa entonces mentir. Si operamos estructuralmente sobre supuestos, si la verdad de las cosas no nos fue entregada, si construimos realidades alternas que tomamos por análisis, la mentira no puede definirse como la distancia entre lo que se dice y lo que se sabe. Esa definición requiere que el sujeto conozca la verdad y elija ocultarla. Lo que describimos aquí es otra cosa: un sujeto que construye afirmaciones a partir de fragmentos que tomó por verdad sin serlo, que produce certezas sin tener acceso a la certeza, que miente sin mentir en el sentido intencional del término. Mentir, en el ecosistema de la opinión política contemporánea, no es el acto voluntario del que sabe y oculta: es la condición involuntaria del que no sabe y afirma. La segunda forma de mentira es más extendida, más productiva para el sistema y más difícil de corregir porque no puede atribuirse a la mala fe de nadie en particular.

Decir la verdad, entonces, tampoco es lo que parece. Si la verdad de las cosas solo la conoce quien la maneja desde la raíz, decir la verdad no está al alcance de quien no tiene acceso a esa raíz. Lo que está al alcance es algo más modesto y considerablemente más difícil: nombrar el límite del fragmento disponible, distinguir entre lo que se sabe y lo que se supone, señalar la frontera entre el análisis fundado y la conjetura presentable. Decir la verdad, en ese contexto, no es revelar lo que el poder oculta, empresa que está fuera del alcance de casi todos. Es negarse a presentar como certeza lo que es suposición. Es advertir al lector que lo que sigue es una interpretación de fragmentos, no una descripción de hechos. Es, en última instancia, ser fiel a la única obligación que el oficio puede cumplir honestamente: no la de decir la verdad, sino la de no fingir que se la tiene.

La ironía más densa de todo esto reside en que esa honestidad sobre la propia ignorancia es también la única forma de resistencia real que el oficio ofrece. No es que saber la verdad sea doloroso, aunque a veces lo sea. Es que se ha vuelto sencillamente innecesaria porque se olvidó su utilidad. Las sociedades contemporáneas han aprendido a funcionar sin ella, a construir identidades políticas sin ella, a tomar decisiones sin ella. Cuando la verdad no tiene ventaja comparativa sobre la versión bien contada, deja de ser operativa como concepto político. Y cuando deja de ser operativa, quienes la manipulan desde la raíz tienen vía libre: saben que nadie reclamará lo que nadie busca.

En este sentido, nos nutrimos de la mentira como si fuera verdad y esa nos consume en su ironía. Nos mete en la trampa de la hipocresía: lo somos sin saberlo, lo somos sin sentirlo. Falsificamos la ética y la moral no desde la mala intención sino desde la imposibilidad estructural de acceder a la realidad sin mediaciones que la distorsionen. El hipócrita clásico sabe que miente y elige mentir. El columnista político, el analista, el ciudadano que opina, mienten sin saberlo porque la realidad que describen fue construida antes de que llegara a ellos. Esa hipocresía involuntaria es, en ciertos aspectos, más perniciosa que la deliberada: no puede corregirse con la voluntad porque no se origina en la voluntad. Se origina en la estructura misma de la información política tal como llega.

Por tanto, dialogar con la suposición de la realidad no es entonces una limitación que podría corregirse con más información o con mejor metodología. Es la condición permanente del pensamiento político en sociedades donde el poder controla los mecanismos de producción de la realidad pública. Reconocerlo no resuelve el problema: lo nombra. Y nombrar el problema es, en sí mismo, el único acto de honestidad que el oficio puede garantizar. La ética de la opinión pública no puede fundarse en el acceso a la verdad porque ese acceso no existe en los términos que el oficio suele pretender. Debe fundarse en algo modesto y difícil: en la disposición a nombrar las condiciones de la propia ignorancia, a distinguir entre lo que se sabe y lo que se supone, a no confundir ambas cosas ante el lector.

Esa disposición no produce certeza. Produce algo que en el ecosistema de la opinión política contemporánea es ya una forma de resistencia: honestidad sobre los propios límites. Escribimos desde la suposición. Y en esa cadena de supuestos que se presentan como análisis reside, paradójicamente, la única posibilidad de algo parecido a la verdad: no la verdad de las cosas, que no nos pertenece, sino la verdad de nuestra propia condición de lectores. Y es triste, aclaro, escribir desde la suposición… porque al final nuestra inteligencia misma se torna ignorancia y no hay nada más doloroso que saberlo y entender que somos los títeres de los otros… de los que filtran el mundo.

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Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor

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