ALEJANDRO ZEPEDA
ENSENADA BC 6 DE OCTUBRE DE 2026 (AFN).- Falleció Don Luis… hace un mes.
Así me llegó la noticia. Y lo primero que pensé fue ¿Cómo que hace un mes? Mi cabeza empezó a buscar fechas, a recordar cuándo fue la última vez que lo vi, cuándo hablé con él pero sobre todo, cómo era posible que no me hubiera enterado. Pero así lo decidió su familia, guardar el duelo en privado, y eso por supuesto se respeta.
Ahora, seguramente algunos que no son de Ensenada se estarán preguntando ¿Y quién fregados era Don Luis? Para quienes llevamos años metidos en el periodismo, Luis Castillo no necesita demasiada presentación, fue periodista, encargado de información de El Mexicano, conductor de varios noticieros y coordinador de información de El Vigía. Y tenía una característica imposible de ignorar, por complexión y rasgos faciales se parecía muchísimo al comediante Roberto Gómez Bolaños, Chespirito y él lo sabía, ese pequeño detalle será importante más adelante.
Yo ya lo conocía desde mis tiempos en la radio, cuando trabajaba en Estéreo Sol, por allá a finales de los noventa, pero fue en El Vigía donde más conviví con él… Voy a ser sincero, como compañero era un gran amigo. Como jefe… bueno, era duro. De esos jefes que podían verte sentado 13 segundos y asumir que evidentemente no tenías nada que hacer y había que corregir inmediatamente semejante tragedia laboral, y eso que me decían que en El Mexicano había sido peor.
¿Se acuerdan de los Nextel? Esos teléfonos-radio maravillosos que tenían la capacidad tecnológica de destruir amistades, matrimonios y carreras profesionales con solo apretar accidentalmente un botón, pues un día me pasó, eran como las 8:55 de la mañana cuando Don Luis me avisó que tenía que cubrir un evento… a las 9:00. Cinco minutos; yo, que desgraciadamente nunca desarrollé el don de la teletransportación, estaba enojado.
Así que hice lo que cualquier periodista responsable y profesional haría en esas circunstancias, buscar a mi compadre Marco Domínguez para quejarme, Porque para eso están los compadres, aprieto el Nextel y digo “Pinche Don Chespiro, ya me avisó otra vez cinco minutos antes del evento ¿Cómo la ve, compadre?”, Hubo un silencio, y entonces escucho aquella voz, con ese tono tan característico del centro del país “¿Cómo?”.
No tenía un espejo enfrente, pero estoy seguro de que pasé del rojo al naranja, luego al amarillo y probablemente terminé en algún color todavía no registrado, era Don Luis, le había marcado a él y como soy extraordinariamente malo para improvisar, mi cerebro produjo la peor defensa posible “Hola, Don Luis… es que así le digo a mi compadre, Don Chespiro”.
Sí. Eso dije, un periodista intentando convencer a otro periodista, con décadas de experiencia, de que casualmente a su compadre también le decía “Don Chespiro”. Don Luis no me reclamó, nunca, todo un caballero. Durante algunos días hasta quise convencerme de que quizá me había creído, pero no, no me había creído ni madres.
Porque Don Luis era paciente, y la venganza es un platillo que se sirve frío… y acompañado de una agenda de trabajo; días después regresé cansado de varias coberturas, me senté en la redacción y empecé a platicar con mis compañeros. Don Luis observó, esperó y, como lobo acechando a su presa, se acercó con un papelito, traía nombres, eventos, lugares y horarios, todo perfectamente organizado y, sobre todo, con bastante anticipación. Me lo entregó y soltó “Para que luego digas que no te aviso con tiempo”.
Jaque mate. “Ok, Don Luis”, fue todo lo que pude responder, esperé a que se volteara y, lleno de coraje, agarré el papelito, me lo metí a la boca, lo mastiqué y lo aventé al bote de basura. Él había ganado.
Han pasado muchos años desde aquello, hoy soy un hombre un poco más maduro y he aprendido muchas cosas de la vida, entre ellas, que comer papel hace daño, pero también aprendí algo que solamente enseñan los años, uno termina extrañando incluso aquellas cosas que en su momento lo hacían enojar. Los regaños, las carreras, los eventos avisados cinco minutos antes, las discusiones, las bromas y hasta esas pequeñas guerras psicológicas laborales que, vistas desde la distancia, ya no parecen guerras, parecen buenos tiempos.
Porque así funciona la memoria, con los años va borrando los corajes y dejando las anécdotas, aquello que un día te hizo mentar madres, veinte años después te hace sonreír. Y las personas que formaron parte de una etapa de tu vida se quedan ahí, aunque dejes de verlas seguido, aunque cada quien tome su camino, aunque pienses que siempre habrá tiempo para volver a encontrarse.
La última vez que vi a Don Luis fue durante la primera semana de agosto, en el Seguro Social, lo saludé con el gusto de siempre,
Platicamos, me comentó de sus padecimientos, pero lo vi bien, tranquilo, relajado, jamás imaginé que sería nuestra última conversación. Por eso me sorprendió tanto enterarme de su muerte y todavía más saber que había ocurrido hace un mes.
Qué extraña costumbre tiene la vida de no avisarnos cuáles serán las últimas veces, la última plática, el último saludo, la última broma, la última vez que escucharemos una voz, uno siempre cree que habrá otra oportunidad, otro encuentro, otro café, otra cobertura o simplemente otro momento para decir “¿Cómo está, Don Luis?”.
Hasta que un día alguien te dice “Falleció Don Luis”, y entonces aquellos corajes que parecían enormes se vuelven pequeños, mientras que esos recuerdos que parecían insignificantes se vuelven enormes.
Descanse en paz, Don Luis Castillo, periodista de una generación en la que no había WhatsApp aunque, pensándolo bien, si hubiera existido seguramente me habría mandado un mensaje a las 8:55 de la mañana “Alex, evento a las 9”.
Y yo me habría vuelto a enojar. Buen viaje, Don Luis, y sí… al final usted ganó.