POR: ALEJANDRO ZEPEDA
ENSENADA BC 28 DE JUNIO DE 2026 (AFN).- Alec, mi hijo de 15 años, me pidió el Trionda, el balón del Mundial. Lo buscamos por varias tiendas en Ensenada hasta que lo encontramos.
Pero no compré un balón. En realidad compré una excusa para seguir compartiendo tiempo con él.
Ya tenemos nuestro ritual. Salimos de casa buscando una cancha libre. Antes hacemos una parada obligatoria en el Oxxo o 7eleven, agua… o, si la suerte ayuda, un Arizona, la bebida favorita de mi hijo.
Después viene la ruta de siempre, Maldonado Complex; si está ocupado, el campo frente a la panificadora Bahía; y si tampoco hay espacio, seguimos hasta el Deportivo Sullivan.
Llegamos, calentamos… bueno, medio calentamos, medio estiramos y medio jugamos. No somos precisamente atletas olímpicos.
Alec se pone los guantes y se planta bajo los tres postes. Él es el portero. Yo… soy el que dispara.
Yo estoy convencido de que saco disparos potentísimos. La realidad seguramente tiene otra opinión. Nunca fui buen futbolista. Si lo hubiera sido, probablemente no sería fotógrafo. Dios me regaló un ojo para capturar momentos, pero con los pies hizo algunos experimentos.
Aunque debo admitir que hace muchos años un amigo me enseñó a patear de tres dedos, con la parte externa del pie. Desde entonces, el balón hace una curva bonita, un efecto traicionero que, cuando sale bien, puede engañar a cualquier portero.
El problema es que primero tiene que salir bien.
Porque mis disparos son una caja de sorpresas, unos van al ángulo, otros al poste… y muchos terminan saludando a los pájaros o cruzando media cancha. Así que, siendo honestos, mi hijo pasa más tiempo corriendo por los balones perdidos que atajándolos.
Y cada vez que uno entra, Alec me mira con esa sonrisa de adolescente y diciéndome:
—Fue chiripa.
Yo, por supuesto, le discuto. Le digo que fue técnica, que fue cálculo, que así lo planeé.
Pero en el fondo… los dos sabemos que probablemente tiene razón.
Al final terminamos igual de agotados.
Él, de tanto correr por las pelotas que mando quién sabe a dónde.
Y yo, con las piernas temblando de tanto intentar meterle un gol al mejor portero que conozco.
Mientras muchos padres compran tablets o celulares para que sus hijos pasen horas encerrados, yo descubrí que un balón puede hacer exactamente lo contrario… sacarlos de casa y regalarte una tarde que ningún teléfono puede reemplazar.
Los hijos adolescentes crecen muy rápido. Empiezan a tener otros planes, otros amigos, otras prioridades. Y cuando todavía aceptan pasar una tarde contigo, uno entiende que el tiempo ya no se mide en horas. Se mide en recuerdos.
Algún día ese Trionda estará viejo, despintado o sin aire.
Pero cada vez que lo vea voy a recordar los Arizona antes del partido, las canchas que recorrimos buscando un espacio, las discusiones sobre si fue golazo o chiripa, mis tiros desviados, las atajadas de Alec y las risas de los dos.
Y entonces entenderé que nunca compré un balón.
Compré tiempo con mi hijo.
Y eso, simplemente, no tiene precio.