LA BUFADORA
El Mosquito
ENSENADA BC 5 ENERO 2026.-Como dirían los viejos marineros del Pacífico, cuando el oleaje se alborota en el Caribe, más vale amarrar bien las lanchas en el Golfo.
La reciente intervención de Estados Unidos en Venezuela -que en Washington presentan como golpe quirúrgico y en América Latina se percibe como déjà vu- volvió a levantar una pregunta incómoda: ¿hasta dónde pretende llegar el largo brazo del poderoso vecino del norte?
Donald Trump, siempre fiel a su estilo de hablar sin pedir permiso y corregir después (si es que corrige), negó que el manotazo contra Nicolás Maduro fuera un mensaje para México. Pero en la misma frase recordó que, según su visión, los cárteles mandan más que el gobierno mexicano. O sea, no era advertencia… pero por si las dudas, ahí queda el recado.
Del lado mexicano, Claudia Sheinbaum Pardo hizo lo que se espera de una presidenta que quiere marcar distancia sin romper el puente, y desempolvó la doctrina Estrada, citó la Carta de la ONU y reiteró el mantra que ya empieza a ser sello de la casa: colaboración, sí; subordinación, no.
Una fórmula diplomática que suena elegante en los discursos, pero que en la práctica camina sobre una cuerda tensada por el fentanilo, la migración y la política electoral estadounidense.
Mientras Trump habla de “hacer algo con México”, su propia administración reconoce -aunque a media voz- que hay cooperación, decomisos y arrestos récord.
Es decir, el problema existe, pero la narrativa conviene mantenerla en tono de amenaza, no de sociedad. Nada nuevo: en año preelectoral en Estados Unidos, México suele aparecer más como villano útil que como socio incómodo.
Lo interesante es que Sheinbaum decidió no quedarse solo en el reclamo retórico. Al señalar que la postura mexicana “va más allá incluso de la presidencia de Maduro”, la mandataria intenta colocar el debate en el terreno del derecho internacional y no en el del personaje venezolano, cuyo capital político en la región es, por decirlo suave, bastante limitado, sin embargo, el mensaje es claro: hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otro país con problemas internos y petróleo de sobra.
Otra interrogante es si México logrará mantenerse firme sin quedar aislado, y cooperar sin que la cooperación se convierta en permiso. Porque en política exterior, como en el mar, el problema no es la tormenta, sino saber navegarla sin perder el rumbo.
Partidos al vapor
La política mexicana nunca decepciona cuando de creatividad se trata. Ahora resulta que, mientras el calendario del Instituto Nacional Electoral (INE) avanza como cronómetro olímpico, varias organizaciones corren no tanto para convencer ciudadanos, sino para rescatar militantes ajenos antes de que alguien más los registre primero. Porque en esta temporada, más que ideologías, lo que se cotiza es el afiliado disponible.
De las 62 organizaciones que soñaban con convertirse en partido, apenas tres siguen con vida… y respirando con ayuda de tanque de oxígeno. Las demás ya se quedaron como proyecto de sobremesa: mucha intención, poca estructura y cero músculo territorial.
La que va encabezando la carrera es Construyendo Solidaridad y Paz, nombre que suena a ONG de buenas intenciones, pero que en realidad es un viejo conocido con maquillaje nuevo.
Los mismos de Encuentro Social y Encuentro Solidario -esos que ya perdieron el registro dos veces- ahora regresan por la tercera, confiados en que ahora sí el “tercer intento es el bueno”, aunque traigan la bendición (no tan discreta) de varios morenistas incrustados en la nómina pública.
Somos México, por su parte, parece el refugio de la nostalgia democrática: ex consejeros del INE, integrantes de la Marea Rosa y panistas y priistas desilusionados que buscan una nueva bandera… aunque todavía no quede claro si buscan un partido o terapia colectiva.
Y luego está México Tiene Vida, que decidió que las asambleas son como los exámenes finales: se hacen al último minuto. Eso sí, afiliados no le faltan, aunque el método huela más a red parroquial que a estructura política moderna.
El problema no es sólo quién llega, sino a costa de quién. El “robadero” de militantes ya prendió las alertas, sobre todo en el PAN, que anda tan justo de números que cualquier baja le provoca sudor frío.
El PRI tampoco canta mal las rancheras: de partido de masas pasó a ser partido de sobrevivientes. Y Morena, aunque presume fortaleza, también siente el jaloneo interno de quienes ya andan buscando plan B… por si acaso.
Al final, el INE tendrá que hacer lo que mejor sabe: contar, cruzar padrones y borrar duplicados, mientras los partidos se dan golpes de pecho y acusan traiciones. Porque aquí la regla es clara: el último que te afilia se queda contigo, como si la militancia fuera una membresía de gimnasio.
Así que no estamos viendo el nacimiento de nuevos proyectos políticos, sino la resurrección de viejas marcas, el reciclaje de cuadros y una lucha feroz por alcanzar el número mágico que da derecho al presupuesto público.
En resumen: más que nuevos partidos, lo que viene son nuevas franquicias, con los mismos clientes de siempre y el mismo menú que ya conocemos.
Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor