Por: Marco Antonio Samaniego
TIJUANA BC 28 DE FEBRERO DE 2025.- Aquí apuntamos que no había tal Maximato. En algún momento pensaba escribir que ni para lo que se llama Maximato, se podía utilizar con displicencia el término. Mi argumento era que sería, en todo caso, sólo aplicable a Abelardo L. Rodríguez, quien renunció a ser presidente de facto y se conformó con ser presidente de papel. Sus negocios estaban primero y su ascenso económico continuo.
Lo que presenciamos ayer fue una negociación clara. México demuestra que entrega a narcotraficantes conocidos para mostrar que se prefiere mantener la economía estable y tratar de mantener los acuerdos comerciales vigentes. El resultado, es de esperarse, sostener los proyectos de inversión que se han gestado en los últimos años. Más vale empleos y comercio que beneficia a millones, que sostener una política que nunca funcionó.
Adiós a los balazos y a los balazos. Aunque lo conocimos como abrazos no balazos, era en realidad balazos y balazos. Los que caminamos por la calle, estábamos enterados que los abrazos no se dieron por que nunca hubo a quien abrazar. La negociación es clara y no debe sorprender. Continuar con la misma política era no tener ninguna política. Lo de Sinaloa, es una evidencia pública de que la línea estaba cruzada desde hacía mucho tiempo y el conflicto entre jóvenes chapos y jóvenes mayos, hace evidente que atender las causas, es una frase que debe repensarse.
Para algunos se mandó a jubilados que ya estaban encarcelados. Son capos que aparentemente no estaban en acción. Sin embargo, las redes que tejieron durante años o décadas, sí son afectadas por qué los nuevos liderazgos tendrán que aparecer o, como deseo, desaparecer. Los penales no son cárceles cerradas y para algunos, operar desde dentro resultaba posible.
Nadie ha dicho las palabras que no se deben decir: guerra contra las drogas. La frase es mucho más antigua que con Calderón. Se pronunció muchas veces desde Richard Nixon y se repitió con Ronald y Nancy Reagan en los ochenta. La esposa del presidente estadounidense era la cara de una guerra que se miraba hacia dentro de Estados Unidos y hacia afuera. Sin embargo, como es conocido, de manera simultánea se negociaba con otros personajes del narco, como Manuel Antonio Noriega, presidente de Panamá, y se triangulaban armas entre Irán – a pesar del bloqueo establecido por Estados Unidos – y la contra nicaragüenses, grupos financiados por la CIA para derrocar al gobierno que en ese momento se podía llamar revolucionario. En la actualidad, el mismo dirigente es el presidente, pero está lejos de que se pueda aplicar ese término.
En ese marco, uno de los personajes que aún siguen vigentes y entregados, Rafael Caro Quintero, saltó a la fama por sus crímenes, mismos que aún se recuerdan y que representan la escasa capacidad del Estado de aquel momento. Dado que los personajes son de diversas épocas, es claro que la fuerza del Estado mexicano, ha sido insuficiente para terminar con el problema. Y es claro, que la guerra contra las drogas, que también retomó George Bush – padre – no funcionaron porque los drogadictos circulan por las calles de Los Ángeles, Chicago, Nueva York, Detroit y una lista larga de ciudades que sostienen un negocio que siempre ha tenido una historia transnacional que tiene muchas aristas.
Nadie del gobierno va a decir que es un cambio necesario, indispensable y sensato de estrategia. No se puede porque nadie va a expresar nada contra el padre del movimiento que tiene gobernadores, cámaras y presidencia. Pero en la realidad es clara: esto ya es otro gobierno y existen diferencias significativas. No era posible sostener lo insostenible. Como he apuntado muchas veces y para otros temas, la historia de México y Estados Unidos, está ligada porque la frontera – el límite – es una condición que impone mecanismos de cooperación, conflicto, acuerdo, disenso y porque es para amplios sectores, funcional para numerosos aspectos. Siempre destacó la cotidianidad que implican las cuencas internacionales – sobre todo los ríos Colorado y Bravo – donde se gesta la columna vertebral de la vida económica de numerosas ciudades de ambos países y en donde se centra la vida de ciudades como Tijuana.
Así, sin decir que es una guerra contra los narcos, es una guerra contra los narcos. Y esa es una buena política pública, que permitirá abrir espacios de negociación y cambiar los escenarios internos. Trump nunca va a decir que el problema interno es su problema, gestado y heredado desde hace cuando menos siglo y medio. México, tácitamente tiene que aceptar que existe ese problema, y debe hacerlo para mantener procesos de los que depende la economía de los años siguientes. Si Calderón fracasó en la guerra contra las drogas porque las instituciones estaban podridas, incluido el encargado de encabezar la guerra, ojalá hoy esas instituciones logren sostenerla, sin pronunciar las palabras prohibidas, pero con eficiencia.
Esta columna no refleja la opinión de Agencia Fronteriza de Noticias, sino que corresponde al punto de vista y libre expresión del autor.